martes, 22 de noviembre de 2011

HAY QUE CONOCER, AMAR Y SERVIR A DIOS.


Condiciones para el amor             
         Para llegar a gozar de la vida eterna no basta saber que Dios existe, se necesita amarlo y demostrar ese amor con obras, esforzándonos en cumplir la voluntad del Señor.
          Recordemos el ejemplo de aquel joven médico, que fuera de su país, al leer el periódico descubre la foto de una linda chica de su tierra y su dirección, se decide a escribirle y cortejarla a distancia, enamorándose cada día más.

          ¿Qué hubiera ocurrido si a nuestro médico en el país lejano no le hubiera llamado la atención la joven de la fotografía? ¿O, si luego de unas pocas cartas, hubiera perdido el interés por ella y cesado la correspondencia? Aquella muchacha no habría significado nada para él a su regreso. Aunque se toparan en la estación a la llegada del tren, su corazón no se sobresaltaría al verla. Su rostro hubiera sido uno más entre la multitud.

La indiferencia con Dios es cosa humana   

                    Algo parecido sucederá si no empezamos a amar a Dios en esta vida: no hay modo de unirnos a Él en la eternidad. Si nuestro corazón llega a la eternidad sin amor de Dios, la dicha simplemente, no existirá. Como un hombre sin ojos no puede ver la belleza del firmamento estrellado, un hombre sin amor de Dios no puede ver a Dios; entra en la eternidad ciego. No es que Dios diga al pecador impenitente (el pecado no es más que una negativa al amor de Dios): “Si no vienes preparado, no quiero que te me acerques. ¡Largo de aquí para siempre!” No. El hombre que muere sin amor de Dios, o sea, sin arrepentirse de su pecado, ha hecho su propia elección. Fue él quien, consciente y lúcidamente, rechazó de un manotazo la amante invitación que Dios le ofrecía.

Porque es imposible llegar a más lo que no se conoce      

      Lo primero será, pues, conocer todo lo que podamos sobre Dios, para poder amarlo, mantener vivo nuestro amor y hacerlo crecer. Volviendo a nuestro imaginario galeno: si ese joven no hubiera visto el periódico donde aparecía la chica, resulta evidente que nunca habría llegado a amarla. No podría haberse enamorado de quien ni siquiera sospechaba su existencia. E, incluso, si después de ver su fotografía, el joven no le hubiera escrito y por la correspondencia conocido sus virtudes y su personalidad, la primera chispa de interés nunca se habría hecho fuego abrasador.

          Ésa es la razón por la cual nosotros “estudiamos” a Dios y lo que Él nos ha dicho de Sí. Ésa es la razón por la cual recibimos clases de catecismo en la infancia y cursos de religión en la juventud y madurez. Por esa razón atendemos a las homilías los domingos y leemos libros y folletos doctrinales, asistimos a círculos de estudio, seminarios y conferencias. Son parte de lo que podríamos llamar nuestra “correspondencia” con Dios. Son parte de nuestro esfuerzo por conocerlo mejor para que nuestro amor por Él pueda crecer y fructificar.

Obras son amores         

          Pero no basta conocer para amar. Existe un termómetro infalible para medir nuestro amor por alguien, y es hacer lo que agrada a la persona amada, lo que le gustaría que hiciéramos. Volviendo al ejemplo de nuestro mediquillo: si, a la vez que dice amar a su novia y querer casarse con ella, se dedicara a derrochar su tiempo y dinero en prostitutas y borracheras, sería un hipócrita de cuerpo entero. Su amor no sería veraz si no tratara de ser la clase de persona que ella querría que fuese, si no pusiera en práctica las recomendaciones que ella le sugiere en sus cartas.

          Análogamente, hay una sola forma de mostrar nuestro amor a Dios, y que consiste en hacer lo que Él quiere que hagamos, siendo la clase de persona que Él dispuso que fuéramos. El amor a Dios no está sólo en los sentimientos. Amar a Dios no significa que nuestro corazón deba dar brincos cada vez que pensamos en Él; eso no es esencial. El amor a Dios reside en la voluntad. No es por lo que sentimos sobre Dios, sino lo que estamos dispuestos a hacer por Él, como probamos nuestro amor a Dios.

A más amor más felicidad consumada  

          Mientras más amemos a Dios aquí, tanto mayor será nuestra dicha en el cielo. Aquel que ama a su prometida sólo un poco, será dichoso al casarse con ella. Pero otro que ame más a la suya será más dichoso que el primero en la consumación de su amor. Del mismo modo, al aumentar nuestro amor a Dios (y nuestra obediencia a su voluntad) aumenta nuestra capacidad de ser felices en Dios.

          Así, pues, aunque es cierto que cada uno de los que están en el cielo es totalmente dichoso, también es verdad que unos poseen mayor capacidad de dicha que otros. Para utilizar un ejemplo antiguo: un pequeño dedal y un barril pueden estar ambos llenos, pero el barril contiene más agua que el dedal. O también, si cinco individuos contemplan una pintura famosa todos están pasmados ante el cuadro, pero cada uno en grado distinto, dependiendo de su conocimiento y sensibilidad pictóricos.

      Todo esto es lo que el catecismo enseña al decir: “¿Para qué te ha creado Dios?”, a lo que contesta diciendo: “Para conocerlo, amarlo y servirlo en esta vida”. Esa palabra de en medio, “amar”, es la palabra clave, la esencial. Pero el amor no se da sin previo conocimiento, pues hay que conocer a Dios para poder amarlo. Y no es amor verdadero el que no se traduce en obras: haciendo lo que al amado le complace.
El perdón que Dios espera.
    
          Antes de terminar, interesa mucho tener en cuenta que Dios no nos deja abandonados a nuestra humana debilidad en este asunto de conocerlo, amarlo y servirlo. No se ha limitado a ponernos un instructivo en las manos y dejar que nos arreglemos con su interpretación lo mejor que podamos. Dios ha enviado a “Alguien” para que nos dé la fuerza interior y para ilustrar lo que debemos saber en orden a nuestro destino eterno. Dios ha enviado ni más ni menos que a su propio Hijo, el Verbo eterno, que vino a la Tierra para darnos la Vida que hace posible nuestra felicidad sobrenatural, y para enseñarnos el Camino y la Verdad con su palabra y ejemplo.

          El Hijo de Dios hecho hombre, Jesucristo Nuestro Señor, subió al cielo el jueves de la Ascensión, y no tenemos ya más entre nosotros su presencia física y visible. Sin embargo, ideó el modo de permanecer aquí hasta el final de los tiempos. Con sus doce Apóstoles como núcleo ! y base, Jesús se modeló un nuevo tipo de Cuerpo. Es un Cuerpo Místico más que físico por el que permanece en la Tierra. Las células de su Cuerpo son personas en vez de protoplasma. Su cabeza es Jesús mismo, y el alma es el Espíritu Santo. La voz de este Cuerpo es el mismo Cristo, quien nos habla íntimamente para enseñarnos y guiarnos. A este cuerpo, el Cuerpo Místico de Cristo, que continuará la misión salvadora por todos los siglos y en todas las partes, lo llamamos Iglesia. La Iglesia enseña la Verdad y muestra el Camino. Pero la Iglesia también tiene -es el mismo Señor que continúa en Ella- la Vida del Redentor. No sólo nos ayuda “desde fuera”, como un maestro de la Tierra, sino que nos da la nueva vida, vida de Cristo, para poder unirnos con Él algún día.

jueves, 10 de noviembre de 2011

365 FORMAS DE VIVIR FELICES


Las siguientes lineas se relacionan fundamentalmente con esa actitud y predisposición de los seres humanos a pensar y creer de que ellos son los únicos que tienen problemas en esta vida. Caso erróneo... 

Un psiquiatra, repetía incansablemente a sus pacientes que: "cada ser humano es un fardo de problemas, que él y solamente él debe resolver". A medida en que los años fueron cayendo sobre mi vida he venido reiterando la veracidad de esa expresión. Pero al mismo tiempo he entendido que si nosotros utilizamos las herramientas, los recursos, los mecanismos, y las estrategias adecuadas, resolveremos cualquier problema. 

Es lógico suponer que estas habilidades, de discernimiento y sabiduría, nos ha sido concedidos por nuestro Buen Dios, del cual pretendemos mantenernos alejados el mayor tiempo posible, del mismo modo que "alimentamos" una gran debilidad en nuestra fe, confianza y creencia ,en la palabra y enseñanzas del Señor, haciéndonos un flaco favor. Nuestra realidad exterior depende en un grado máximo de nuestra fe, de nuestra confianza, de nuestra disposición, optimismo, deseo ferviente, imaginación y buena representación mental de lo que aspiramos a ser y obtener. Insistimos en que no puede dejarse a Dios fuera del cualquier propósito, proyecto, deseo, actitud, decisión o actuación que decidamos emprender. Por lo tanto comparto con ustedes algunas estrategias muy útiles y que extraje del libro de bolsillo " 366 MARAVILLOSAS MOTIVACIONES" ,cuyo autor es TIBERIO LOPEZ FERNANDEZ:

¡PROGRAMA TU FELICIDAD!


1.- Levántate temprano y sin afanes.

2.- báñate y hazte consciente de la frescura del agua.

3.- Realiza una sesión de educación física.

4.- Haz un ejercicio de relajación.

5.- Haz una tanda de veinte respiraciones profundas, rítmicas y sosegadas.

6.- Desayuna gustando los alimentos.

7.- Siente que la vida es hermosa y agradece a Dios el nuevo día

8.- Trabaja con gusto y descansa mientras trabajas.

9.- Se creativo para que no te destruya la rutina.

10.- Prueba que eres un ser inteligente relacionándote afectuosamente con tus semejantes.

11.- Encara los problemas con serena tranquilidad y con diligente interés.

12.- Al levantarte muéstrale a la vida una sonrisa, aunque sus problemas sean muchos.


UN NUEVO DÍA,ES REGALO DE DIOS Y OPORTUNIDAD DE SERVIRLO...



EL DÍA EMPIEZA...


Señor, el día empieza. Como siempre,
postrados a tus pies, la luz del día
queremos esperar. Eres la fuerza
que tenemos los débiles, nosotros.

Padre nuestro,
que en los cielos estás, haz a los hombres
iguales: que ninguno se avergüence
de los demás; que todos al que gime
den consuelo; que todos, al que sufre
del hambre la tortura, le regalen
en rica mesa de manteles blancos
con blanco pan y generoso vino;
que no luchen jamás; que nunca emerjan,
entre las áureas mieses de la historia,
sangrientas amapolas, las batallas.

Luz, Señor, que ilumine las campiñas
y las ciudades; que a los hombres todos,
en sus destellos mágicos, envuelva
luz inmortal; Señor, luz de los cielos,
fuente de amor y causa de la vida.

miércoles, 9 de noviembre de 2011

NADIE CONOCE AL HIJO; MAS QUE EL PADRE


Una serie de polaridades definen la existencia humana: sentarse y levantarse, camino y descanso, pensamiento y palabra, tiempo y espacio. Ni aun así el hombre es definible. 

Hay Alguien, previo a todo lo anterior, que configura a la persona humana. Todo lo abarca la sabiduría única y total de Dios. Lo cual vale eminentemente para Cristo: «Nadie le conoce, sino el Padre y aquel a quien el Padre se lo quiera revelar» (Mt 11,27). 

Él es quien penetra lo más secreto de nuestro interior. No es el suyo un conocimiento aterrador, sino amoroso, puesto que hemos experimentado el amor de Dios y nos hemos adherido al Mesías enviado (Jn 17,3). 

Nuestra relación con Jesús es de un conocimiento amoroso. Jesús nos llama por nuestro nombre. Una paz indecible embarga al creyente, a quien Dios conoce. Llegará a ser dicha perfecta cuando le conozcamos -amemos- como Él nos conoce.

martes, 8 de noviembre de 2011

FRUTOS DE LA EUCARISTÍA


  • Al recibir la Eucaristía, nos adherimos íntimamente con Cristo Jesús, quien nos transmite su gracia.
  • La comunión nos separa del pecado, es este el gran misterio de la redención, pues su Cuerpo y su Sangre son derramados por el perdón de los pecados.
  • La Eucaristía fortalece la caridad, que en la vida cotidiana tiende a debilitarse; y esta caridad vivificada borra los pecados veniales.
  • La Eucaristía nos preserva de futuros pecados mortales, pues cuanto más participamos en la vida de Cristo y más progresamos en su amistad, tanto más difícil se nos hará romper nuestro vínculo de amor con Él.
  • La Eucaristía es el Sacramento de la unidad, pues quienes reciben el Cuerpo de Cristo se unen entre sí en un solo cuerpo: La Iglesia. La comunión renueva, fortifica, profundiza esta incorporación a la Iglesia realizada ya por el Bautismo.
  • La Eucaristía nos compromete a favor de los pobres; pues el recibir el Cuerpo y la Sangre de Cristo que son la Caridad misma nos hace caritativos.

CRISTO ES EL CENTRO DE NUESTRA VIDA



El antiguo Testamento es el relato de una nación.
El Nuevo Testamento es el relato de un Hombre.

La nación fue fundada y desarrollada por Dios para traer al mundo aquel Hombre. Dios mismo se hizo hombre, para dar a la humanidad una idea concreta, definida, tangible de la clase de Persona en quien hemos de pensar cuando pensamos en Dios. Dios es como Jesús, Jesús era Dios encarnado en forma humana.
Su presentación en la tierra es el evento central de toda historia. El antiguo testamento proveyó escenario de ella. El nuevo testamento la describe.

Como hombre, vivió la vida más singularmente hermosa que jamás se haya conocido. Era el hombre más bondadoso, tierno, manso, paciente y simpático que jamás haya vivido. Amaba a la gente. Detestaba ver sufrir a las personas. Se deleitaba en perdonar, y en ayudar. Obró milagros admirables para dar de comer a quienes tenían hambre. Alivianado a los dolientes, se olvidaba él mismo de comer. Multitudes de cansados, adoloridos y agobiados de corazón vinieron a Él, y hallaron salud y alivio. Se dijo de Él, lo que de ningún otro: que si todas Sus obras de bondad se describiesen, no cabrían los libros en el mundo que llenarían. Esa es la clase de hombre que era Jesús. Esa es la clase de persona que es Dios.

Luego murió en la cruz, para quitar el pecado del mundo, y para ser el Redentor y Salvador de los hombres.
Después se levantó de entre los muertos; está vivo ahora; no es simplemente un personaje histórico, sino una Persona viviente. Es el hecho más importante de la historia, y la fuerza más vital del mundo hoy día.
La Biblia entera gira alrededor de esta hermosa historia de Cristo y de Su promesa de vida eterna para los que le acepten. La Biblia fue escrita con el sólo propósito de que los hombres pudiesen creer, comprender, conocer, amar y seguir a Cristo.

Cristo, es el centro y corazón de la Biblia y de la historia, lo es también de nuestras vidas. Nuestro destino eterno está en Su mano. Nuestra aceptación o nuestro rechazamiento de Él, determina para cada uno de nosotros, la gloria eterna o la ruina eterna; el cielo o el infierno.

La decisión más importante que jamás tenga que hacer cada uno de nosotros es determinar en su corazón, de una vez para siempre, el problema de su actitud hacia Cristo. De esto depende todo lo demás.
Es cosa gloriosa ser cristiano, y el privilegio más elevado del ser humano. Aceptar a Cristo como Salvador, Señor y Maestro, y esforzarse sinceramente en seguir la manera de vivir que Él nos enseñó es a todas luces la manera más satisfactoria y más razonable de vivir. Significa paz; paz de la mente, contentamiento del corazón, perdón, felicidad, esperanza y vida aquí y ahora mismo, vida abundante, vida que jamás tendrá fin.

¿Cómo puede alguno ser tan ciego o tan necio como para recorrer la vida y afrontar la muerte, sin la esperanza del cristiano? Aparte de Cristo, ¿qué hay, o qué puede haber, para que valga la pena de vivir ya sea en este mundo o en el venidero?
En último análisis, lo más caro y preciado de esta vida es el saber, en lo más profundo del corazón, que vivimos para Cristo; y por débiles que sean nuestros esfuerzos, trabajar en nuestras tareas diarias con la esperanza de tener algo, en aquel día final, que poner a Sus pies en humilde adoración y gratitud.